Your registration could not be saved. Please try again.
Your registration has been successful.

Carlos Cruz-Diez

La educación como sistema de libertad

12.05.2022

con Nelson Garrido

Carlos Cruz-Diez (Caracas, Venezuela, 1923 — París, Francia, 2019) fue un artista contemporáneo, considerado uno de los grandes investigadores del color del siglo XX. Sus obras e integraciones arquitecturales de escala monumental se encuentran en diversas ciudades, museos y espacios públicos alrededor del mundo. Como maestro, convirtió sus espacios de producción en escuelas de aprendizaje, en los que transmitió sus conocimientos técnicos y su mística de trabajo a una gran cantidad de artistas que recibió en sus talleres, con sedes en Caracas, París y Panamá. Entre ellos, Nelson Garrido (Caracas, 1952), fotógrafo, docente y agitador profesional; Premio Nacional de Artes Plásticas (1991) y fundador de un espacio alternativo de formación y exhibición en Caracas: La Organización Nelson Garrido (La ONG), desde la cual conversa con La Escuela___ a acerca del aprendizaje, la formación crítica y el ritual educativo.

Carlos Cruz-Diez en Cromosaturación, 1965/2009. Exhibición “Carlos Cruz-Diez: El color sucede”. Museo de Arte Abstracto Español - Fundación Juan March (2009). Foto: Atelier Cruz-Diez París. Carlos Cruz-Diez / Bridgeman Images 2022.

La Escuela___: A través del tiempo, el ideal de la “educación para todos” ha sido un impulso de muchos pensadores latinoamericanos. En relación a éste, Carlos Cruz-Diez afirmó que las artes visuales nunca podrían cumplir con una masificación de su enseñanza, pues no estarían creando artistas, sino artesanos. En tu caso, Nelson, que has fundado una escuela por la que ha pasado un gran número de artistas, ¿cómo dialogan conceptos como técnica, oficio y artesanía con otros como arte, pensamiento y autenticidad?

Nelson Garrido: Yo parto del hecho de que el conocimiento tiene sentido en la medida que circule, pero eso de la “educación para todos”, en nombre del pueblo o de la democratización, me parece un gran embuste. De hecho, pienso que hay algunas nociones medievales respecto a la educación que habría que rescatar.

Llegué muy joven al taller Cruz-Diez y toda mi forma de entender el arte y la educación proviene de la formación que recibí siendo su aprendiz —en el sentido del concepto medieval del ‘aprendiz’—. Yo sí creo en la necesidad de enseñar un oficio base que se maneje en profundidad; si la persona opta por usarlo para expresarse artísticamente, ya esa sería una segunda etapa, pero no se le puede negar a la gente la enseñanza de la técnica que produce artistas.

Algo en lo que insisto en la formación es el trabajo continuo en el taller, la reflexión constante, casi científica; eso lo planteaba Cruz-Diez y así me formó. Todo el mundo tiene algo que decir, entonces hay que enseñar a expresarlo. Pero lo más importante de todo es crear gente crítica. Yo hago formalmente crítica con mis talleres formativos.

Y cuando empiezas a ver el arte como medio de investigación y reflexión, se empiezan a abrir también posibilidades para trabajar estos aspectos críticos. Otra de las cosas que planteaba Cruz-Diez al hablar de la educación en Venezuela, es que predomina una pedagogía conductista, acrítica, hegemónica. Con tu experiencia docente en el campo del arte, ¿cuál crees que es el rol de la educación artística en un país en crisis?

La educación está en crisis en todo el mundo. Empieza con la prohibición del error y el truncamiento de la diversidad, porque todos tienen que llegar a un mismo resultado. Desde el kínder te castran hacia una sola manera de ver las cosas y eso no puede ser, hay que replantearse la educación como un sistema de libertad, de práctica de individualidades y de diferencias. Así que antes de hablar de cuál es la función, habría que ocuparse de generar personas críticas, que cuestionen al maestro, porque ese concepto hegemónico puede pasar de la escuela al taller y se trata crear una educación que sea práctica de libertad. Les doy un ejemplo que me acompaña y orienta: para mí, lo más importante de mi formación con Cruz-Diez es que no salí haciendo rayitas. Esa es mi noción de un maestro, de una formación crítica, en la que cada quien desarrolla sus expresiones y lenguajes propios, que plantea el problema de la diversidad de la obra desde el principio.

En una sociedad que respete la individualidad, la educación se orienta hacia los intereses de la personalidad de cada quien y va instrumentando ese mundo interior, no haciendo imposiciones. No puede ser que se conciba al alumno como un recipiente donde embutir información. Además, una cosa es la información y otra el conocimiento: el conocimiento es digerir la información; el gran problema de la educación formal es que se concibe como acumulación de información. Y ahora con el Internet, que se dice que “tenemos acceso a todo”, lo que tenemos es acceso a información, mas no al conocimiento.

En el concepto formal de educación hay otro elemento que es importante revisar: el tiempo. Yo peleo, primero, por el derecho al error en el sistema formativo y como forma de creación y, segundo, por el derecho a la lentitud. ¿Cuál es el apuro? ¿Por qué estamos tan apurados y todo tiene que ir tan rápido? Cada quien tiene un ritmo y no se le puede imponer un ritmo único a todos; hay que rescatar el proceso de decantación del conocimiento. El conocimiento viene de una formación rigurosa, aunque sea de arte o de ciencia. Estamos en una sociedad donde priva más la opinión que el conocimiento, el “derecho a opinar”, en nombre del pueblo, ¡en nombre del pueblo estamos jodidos como estamos! ¿Qué lugar le dejamos al conocimiento?

Nelson Garrido: "Caracas Sangrante" (1996). Cortesía: Nelson Garrido.

Resulta llamativa y poco conocida tu relación con Carlos Cruz-Diez. Es interesante cómo prácticas tan disímiles coinciden en puntos mucho más medulares, eso habla bien de ti, pero sobre todo habla de Cruz-Diez como maestro. ¿Cómo llegaste a ser su aprendiz?

Yo llegué a los 14 años al taller de Cruz-Diez en París porque mi papá era agregado en Francia y ellos eran cercanos. Mi papá pintaba, pero siendo militar, le daba vergüenza firmar los cuadros, entonces yo lo hacía y él decía que su hijo era pintor. Así que cuando se interesó en hacer rayitas, me mandó a hacer espionaje al taller de Cruz-Diez. El problema es que el maestro me abrió un mundo extraordinario de formación y comencé a escaparme del liceo para ir a su casa. Empecé como los aprendices medievales —y esto es algo que practico también en La ONG—: barriendo, porque lo primero es germinar gente modesta, el conocimiento sin humildad puede crear pequeños monstruos de una prepotencia espantosa. Es importante fomentar el sentido de servicio hacia el otro.

Carlos Cruz-Diez en su taller de artista "La Boucherie" (París, Francia, c. 1990). Foto: Atelier Cruz-Diez París. Carlos Cruz-Diez / Bridgeman Images 2022.

¿De qué manera incorporas esta formación a tu propia práctica pedagógica? ¿Cómo ves la relación con tus alumnos?

Lo más importante es la formación crítica e integral, es decir, sostener espacios donde criticar al maestro sea visto de forma positiva; enseñar fotografía enseñando también de filosofía, pintura, arquitectura, música, sexualidad... Quiero que en la formación mis alumnos sean libres y felices, no que sirvan o sean artistas, sino que sean felices. Pero ¿cómo transmitir este pensamiento?

Siempre tuve aprendices, como me enseñó Cruz-Diez. Ocurrió que, producto de la migración, muchos de ellos se fueron de Venezuela, y pasó que el conocimiento empezó a crecer de manera orgánica: existe ahora La ONG Buenos Aires, Santiago, Madrid; espacios conducidos por discípulos, vinculados también a otros colectivos locales, que a la vez reproducen el sistema de transmitir el conocimiento, pues ellos a su vez están formando discípulos. Es un concepto muy bello, casi masónico, de ‘formar escuela’ que me sembró Cruz-Diez.

Esas dinámicas de escuela tejen vinculaciones amplias, diversas, convocantes. ¿Qué lugar tiene lo colectivo en ellas?

El colectivo está en función del respeto del individuo, y la diversidad es una característica personal. En este espíritu, el lema de La ONG es ‘el espacio de los que no tenemos espacio’. La educación formal castra todo lo que es diferente, lo condena, entonces hay que crear espacios de libertad libre, abierta, diversa, que permitan crear una vinculación crítica.

Hay que buscar nuevas formas de docencia, que sean procesos de formación donde las personas se juntan y el maestro pone ciertos elementos alquímicos para que se dé la fusión, pero son los alumnos quienes deben hacerla. Yo prefiero un error de un alumno a decirle cómo es “la buena manera”, porque eso es algo muy relativo y lo estaría deformando a mi criterio. Se le debe respeto a cada alumno, ellos irán creciendo.

En este momento, mi función es ser una plataforma para que otros aprendan; es la humildad y no el abuso de poder. Hay que crear un nuevo humanismo en torno a la docencia.

¿Cómo se incorporaba esta idea colectiva, de diálogo, en el taller de Cruz-Diez? ¿Había un taller colectivo?

Realmente no existía esa idea, era un taller totalmente vertical, porque era otro planteamiento, no era una escuela, y es algo que le agradezco objetivamente. Esa verticalidad me enseñó algo importante: ser estricto, disciplinado, sistemático. También: una cosa es lo colectivo y otra el colectivismo. En mi taller todo se da en comunidad, pero respetando la individualidad. A mí los alumnos me corrigen, me dan datos, y así aprendo, pero hay que estar abierto a equivocarse o a decir no sé; eso también me lo enseñó Cruz-Diez. La idea es que preguntes, así te explican y aprendes. Equivócate y pregunta cuando no sabes.

Esa necesidad que sientes de crear espacios de libertad para el aprendizaje ¿tiene alguna relación con tus prácticas anarquistas?

Sí, soy un anarquista utópico y creo profundamente en ese pensamiento. Mi principal filosofía es mi práctica diaria: cada día te juegas tu libertad y determinas tu posición filosófica frente a la vida. Yo me cuestiono y dudo permanentemente, y transmito el derecho a la duda.

Concuerdo con un filósofo anarquista llamado Hakim Bey, que habla de las ‘zonas temporalmente liberadas’, nuevas formas de organización que no se plantean la toma del poder. Se trata de hacer de cada espacio en que te involucres una zona temporalmente liberada. No creo en la institucionalidad, creo en lo particular: dando clases y con mi obra, son los campos donde puedo transformar y hacer mis prácticas anarquistas. ¿Cómo plantear una docencia desde estas prácticas personales? Hay que desacralizar la jerarquía y crear prácticas renovadas de docencia: cada clase debe ser un reto de hacer las cosas de manera distinta, no una reproducción.

La educación ha de ser como la medicina homeopática: juntas varios elementos críticos que luego estallan en cada persona de manera particular. Proporcionar semillas, no saturar de información, para que investiguen. Entender que la educación es un punto de encuentro para estimular la investigación, no para alimentar la retórica del conocimiento en que los alumnos hablan citando referencias y estadísticas que en realidad desconocen. La formación crítica no se trata de acumular información sino de fomentar la investigación, que es la búsqueda de un conocimiento particular en función de tu proceso personal.

Hablas de los espacios formativos como espacios de transformación, ¿cómo crees que el arte público puede transformar determinada realidad?

Seré cruel: eso me parece totalmente absurdo —pero claro que igual hay que hacerlo. La capacidad de transformación del arte es a otro nivel, mucho más profundo que las estadísticas de asistencia. El trabajo a cuentagotas es lo que puede transformar de manera crítica un sector o unas prácticas.

Una intervención urbana real sería, por ejemplo, que tuviéramos un decir en los programas de educación o cosas con mucha más incidencia en la vida de la gente. Pero al Estado no le interesa formar personas críticas, combatimos contra un monstruo sumamente grande. Los artistas seguimos siendo minoría y como minoría tenemos que trabajar; por eso vuelvo al arte-guerrilla, al arte de periferia, a crear focos de agitación. Yo, antes de ser artista, soy un agitador profesional.
Crear personas críticas es importantísimo porque es crear agentes de transformación, y es así como avanzan el arte, la ciencia, la sociedad, a través de rupturas. Por eso creo más en este trabajo de formación constante, en crear espacios críticos, zonas temporalmente liberadas.

Has dicho muchas cosas que nos resuenan. Precisamente, el principio que orienta La Escuela___ es acercar la educación en arte a los contextos. ¿Consideras que la educación puede ser una práctica artística en sí misma?

Para mí, la práctica de servicio con tu conocimiento, que supuestamente no es obra, es la gran obra. Yo ofrezco un servicio de conocimiento, que se llame ‘arte’ o no, no me importa; esa es mi actividad como individuo social. En el fondo, el arte, la práctica docente, es una excusa para hablar de filosofía de vida. Pero ¿cómo democratizar la educación en un sentido práctico, cómo hacerla horizontal sin perder los rituales? Originalmente, el arte era algo que hacían los chamanes, eran objetos mágicos que curaban a la comunidad. El arte y la educación tendrían que regresar al hecho chamánico del ritual. La educación que pierde el ritual, se pierde.

Carlos Cruz-Diez y un pintor en una intervención efímera sobre pasos peatonales. Exposición "Cruz-Diez. El artista y la ciudad", Caracas, Venezuela (1975-1976). Foto: Atelier Cruz-Diez París. Carlos Cruz-Diez / Bridgeman Images 2022.

Este tiempo ha modificado muchas prácticas, ¿cómo ha sido tu transición hacia lo virtual?

Me parece importante sostener las interacciones personales, pero ya desde antes de la pandemia empezamos a montar talleres en línea y allí también se da el ritual, porque eso ocurre en otro nivel. Me parece muy sabroso dar una clase a alumnos de países diferentes y esa interconexión es parte de los nuevos rituales. El problema no es el medio, sino la manera de transmitir el conocimiento, y quien lo transmite debe tener respetabilidad y credibilidad, porque si no respetas al docente, no le crees lo que dice. Por eso enseño con lo que he hecho, he aprendido y me he equivocado; justamente mis errores conforman mi conocimiento, por eso parto de mi debilidad y la muestro. Así se da el círculo de otras maneras, es la potencia del ritual colectivo.

Hemos bordeado el tema del influjo del arte y la educación sobre la vida práctica de la gente, concretamente en tu caso, ¿cómo sientes que la actividad docente ha alterado tu realidad o influido en ti?

Ha influido completamente. Yo estaba convencido de que no sabía dar clases, y la docencia me cambió —y me cambia todos los días— la vida. Si partimos de que uno va cambiando a través de los años, esa transformación se va reflejando también en los talleres, porque con ellos aprendo. Pensar cómo expresar a otro lo que sabes hacer, transmitir tu conocimiento implica observación hacia tu propia práctica, elaborar el pensamiento de cómo lo haces para decírselo a otro; para poder dar, tienes que saber qué vas a dar, qué es lo que sabes y lo que no. La docencia me ha hecho investigar muchísimo y me cambia parámetros constantemente. Haciendo prácticas de libertad, uno es el primero que practica la libertad.

Por último, fuera del arte, ¿te sientes vinculado de alguna otra manera a Carlos Cruz-Diez?

El concepto de ser maestro, asumirlo es importante. Además de su obra artística, su legado está en haber cedido su conocimiento a muchos. La gran obra es la transmisión del pensamiento. Él está vivo en mí porque me formó, me enseñó a enseñar. Ese es el gran legado y eso no es medible, como la luz.

Siempre lo tengo presente: su sonrisa, su generosidad. Él actuó como chamán, incidió en los cambios sociales enseñando, y eso es arte público no-medible. Su pensamiento influyó en mí así como mi pensamiento influirá en mis discípulos, que a su vez formarán a otras personas, y eso es fantástico. Para mí eso es el arte, no el objeto.