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Silvano Lora

Un compromiso vital indisoluble

13.07.2022

con Quisqueya Lora

Silvano Lora (Santo Domingo, República Dominicana, 1931 — 2003) fue un pintor, escultor, gestor cultural, pionero del performance y del arte social en República Dominicana. Es una figura clave en la historia dominicana del siglo XX, tanto por los aportes formales y estéticos de su obra plástica, como por su trabajo de reivindicación y crítica social. En su vida, arte y política se entremezclaron en un mismo compromiso indisoluble. Su legado se resguarda y se mantiene activo desde la fundación Taller Público, dirigido por su hija, Quisqueya Lora, quien comparte la riqueza de la experiencia vital de su padre en esta conversación con La Escuela___.

Silvano Lora: “Réquiem para un Cayuco” (1992). Cortesía: Fundación Taller Público Silvano Lora.

La Escuela___: Al estudiar el legado de Silvano Lora, observamos que en éste ‘la educación’ como tema se vincula a la creación de espacios alternativos, que fomentaron a través de la creatividad nuevas formas democráticas de producir conocimiento. ¿En qué consistían estos espacios? ¿En qué devinieron hoy día?

Quisqueya Lora: Silvano combinó su arte con su compromiso social, que se manifestaba en acciones como crear espacios de diálogo con sectores populares marginales; él entendía que tenía una función de vehículo de las diversas expresiones culturales. Uno de sus grandes dolores era la terrible desigualdad social y siempre trató de combatir las dificultades de acceso a experiencias, a información, al conocimiento cultural. Pero nunca desde una posición de superioridad, sino desde la correspondencia y el diálogo. Había un pueblo con una enorme riqueza cultural, invisibilizada, silenciada, al que él tenía la posibilidad de llevar otras formas de cultura -digamos “académica”- a las que la gente humilde usualmente no tenía acceso.

Otro elemento muy presente en sus espacios de educación era el tema de la historia. Con frecuencia creó mecanismos para visibilizar elementos históricos identitarios importantes y varios de sus proyectos recuperan relatos no tradicionales, decoloniales, de costumbres indígenas taínas, de luchas liberadoras.

Estos espacios experimentales suenan como el germen de la Bienal Marginal. ¿Con qué finalidad creó este evento? ¿Por qué se desarrolló en pleno centro de un barrio?

La Bienal Marginal tuvo diversas funciones, una de ellas era hacer contraparte a la bienal oficial, y en cierta medida, cuestionar la autoridad y el mecanismo de los jurados. La Bienal recibía a quienes no les aceptaban su cuadro, era una bienal para los rechazados. Pero Silvano también tenía una excelente relación con la comunidad artística, entonces las grandes figuras también llevaron sus cuadros y los expusieron ahí, en una casita de un barrio marginal en la zona colonial de Santo Domingo. También fue un proyecto comunitario, porque era un trabajo de meses en el que gestores y artistas hicieron dinámicas con el barrio, y por eso abrieron sus puertas, porque se sintieron parte del proyecto, no fueron ‘utilizados para’ sino que formaron parte de ella.

Hay algo democrático en el gesto de dar un lugar a lo rechazado. ¿Consideras que la escena del arte contemporáneo dominicano es más democrática luego de los logros de Silvano Lora?

No soy crítica de arte ni artista, pero pienso que sí. Por ejemplo, esa comunidad de Santa Bárbara, donde se desarrollaba la Bienal, era un ghetto en el centro de la ciudad colonial de Santo Domingo donde nadie entraba. Con la Bienal Marginal, la comunidad abrió sus puertas y la clase media y alta se sintió invitada y segura de entrar a esas barriadas. Por otro lado, la comunidad se sintió valorada, observada no desde un punto de vista asistencial o de limosna, sino desde el reconocimiento, y eso creó una riqueza enorme para ellos. Hoy Santa Bárbara es otra cosa y es porque de pronto se hizo visible, entró en el radar como espacio viable.

Primera Bienal Marginal celebrada en el barrio de Santa Bárbara, Santo Domingo (1992). Cortesía: Fundación Taller Público Silvano Lora.

¿Conoces algún artista que haya surgido de este guetto en el que intervino Lora y que haya aprendido en sus espacios?

Estoy segura de que hay allí al menos una pequeña generación que terminó siendo artista o que ahora tiene una sensibilidad que antes no tenía. Pienso en la cantidad de niños que participaron en los talleres y experiencias que ocurrían meses antes y después, y a lo largo de diez años. Claro está, eso falta estudiarlo. Pero es indudable que Silvano Lora ha dejado un legado y que hay una corriente de artistas que toman su experiencia como norte. Es muy difícil que los artistas del performance no lo tengan como referente, teniendo en cuenta que fue uno de los iniciadores del arte de acción en República Dominicana.

Es una experiencia alentadora de transformación social. Por otro lado, su intensa labor como activista hace de Silvano una figura particular fuertemente vinculada al hacer político. Pero, ¿qué defendió Silvano Lora?

Lo primero que hay que decir es que Silvano Lora era comunista. Eso lo coloca en una esfera de concepción de la vida y el mundo. Fundamentalmente, él luchaba contra el capitalismo y el sistema de desigualdad que establece, contra la pobreza, la marginación, la explotación.

Hay que entender que él crece en medio de la dictadura de Trujillo, en sus veintes se perfila como un luchador antitrujillista y luego, en una especie de exilio, viaja por el mundo y se nutre de muchas corrientes. Estudia el marxismo y se convierte en un comunista convencido, practicante y activista.

Entonces viene la Guerra de Abril —una guerra civil que aconteció en la República Dominicana tras el golpe de estado a Juan Bosch, el primer gobierno democrático después de la dictadura—, que termina con una invasión norteamericana. Luego de esta experiencia, Silvano tiene una transformación.

Antes de eso, era un artista con proyección internacional, pero esa experiencia revolucionaria, combativa, lo marca y lo radicaliza, encaminando su arte hacia el compromiso social. Resulta que en Abril él encabeza un movimiento artístico tan potente y poderoso como pocos: en cuatro meses rodeados por los gringos, el activismo que desarrollaron con murales, afiches, letreros, fue fundamental, y de ahí también se asume como artista público.

Arte en las calles durante la Guerra de Abril (1965). Cortesía: Centro León.

Sin duda, las luchas de Abril de 1965 son un referente al hablar de Silvano Lora como artista y activista. Como historiadora, ¿qué podrías contarnos sobre este hecho trascendental para República Dominicana? ¿Cómo se vincula al discurso artístico?

Después de 30 años de una dictadura totalitaria todo el mundo tiene un fervor de organizarse y exigir, y los artistas también. Mi papá formó parte de un conjunto de artistas que se llamó Arte y Liberación, los cuales teorizaron sobre el compromiso que decidieron asumir. También es el momento de fervor por la revolución cubana en el mundo y en Latinoamérica en particular, y muchos de estos artistas ya tenían un vínculo con la izquierda. Entonces ¡qué oportunidad dorada de hacer la revolución!

Pero pienso que su lucidez está en entender y asumir su papel. Al principio tenían una función propagandística, pero luego te das cuenta de que no son solo consignas, es arte, arte en la calle y en una cantidad abrumadora; los artistas estaban haciendo lo que sabían hacer. Pues, si bien el discurso inicial de Arte y Liberación era radical, de lucha por la soberanía, contra el imperialismo y el intervencionismo, no se trataba solo de un movimiento comunista, era un movimiento demócrata que quería volver al gobierno constitucional elegido democráticamente. En medio de la guerra, lanzan un manifiesto como movimiento cultural que firman setenta y pico de artistas, que estaban integrados, participando en las actividades culturales. Después de la guerra, viene el reflujo y algunos se quedan, pero hay que ser sinceros: Silvano se quedó un poco solo, él no salió más de esa trinchera.

Silvano Lora: "Los artistas en lucha por la soberanía" (1965). Fotografía: Milvio Pérez.

En la actualidad del arte existe un interés particular -y que compartimos- de profundizar en temas como la descolonización y la inserción de culturas populares en los discursos del arte actual, temas abanderados por Silvano Lora desde hace más de 50 años. ¿Qué consideras que puede aportar el arte ante una realidad tan importante como la emancipación cultural?

El arte es muchas cosas, es la vanguardia y son los artistas, si estos tienen una visión mínimamente emancipadora, cuestionadora, ya son capaces de aportar nuevos enfoques y relatos. Lo ideal sería que se nutran de elementos locales pero también universales. Porque quizás donde el discurso académico no puede llegar, el arte tiene la posibilidad de hacerlo, de acceder a las masas desde otros códigos para hacer llegar el mensaje. Silvano tenía un discurso decolonial, aunque yo nunca lo oí hablar de ‘decolonialidad’ y creo que no manejaba esas teorías, pero él estaba desmontando el relato colonial.

¿Tienes una anécdota sobre esos impulsos de desmontaje que pudieras compartir?

En 1992, para la conmemoración de los 500 años de la llegada de Colón, Santo Domingo era un lugar neurálgico por ser el primer asentamiento español, así que había una serie de planes. Era un año lleno de actividades, pero la primera gran acción fue en enero, y era la visita de las réplicas de las carabelas de Colón, que llegarían al río Ozama. Silvano hace una acción que algunos califican de performance, pero como la línea entre su persona, su vida y su arte no están muy claras, nosotros le llamamos acción-performance.

Él viene desde el otro lado del río en una canoíta tradicional, llena de flores y frutas, remando, junto a otro artista llamado Pachiro, como representando a los indígenas que vienen al encuentro de los europeos, porque toda la actividad estaba centrada en los españoles. Y de pronto los divisa la Marina, absolutamente desconcertados, lo tumban ¡y se arma el lío! La atención se desvía del acto fundamental y todo el mundo está pendiente de qué está pasando. A Silvano lo sacan mojado y él aprovecha de hablar ante todos los micrófonos y da un discurso decolonial que rompe con la parafernalia y marca la pauta de lo que luego fue la contranarrativa y el rechazo a la celebración del V Centenario. Fue un gesto muy emblemático, quijotesco, con un poco de locura, que mucha gente recuerda.

Acción de protesta en la Conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América (1992). Cortesía: Fundación Taller Público Silvano Lora.

Son acciones que hacen cuestionarse los límites entre arte y protesta, pues comparten una serie de intereses estéticos posibles de manejar en términos artísticos debido a su carácter experimental. ¿Cómo se manejaban este tipo de sucesos entre el público dominicano y su creador? ¿Fuiste testigo de una acción de Silvano Lora de esta naturaleza?

Yo no fui testigo, era adolescente y estaba en la casa. Recuerdo que mi papá llegó en la noche y estábamos muy preocupadas porque el río Ozama está muy contaminado y pensamos que podía morir de alguna cuestión rara, así que lo bañamos con remedios. La prensa de la época trató de invisibilizarlo, darle poco espacio a la noticia, pero fue algo muy impactante y al día siguiente era la comidilla. La gente empezó a inventar y a agregar cosas, la historia fue en escalada y al final en todas partes se habló de eso, y es hasta hoy una de las acciones más recordadas.
Para mí, sentó la pauta del debate, es decir, visibilizó el silencio, de lo que no se estaba hablando en esas actividades. Después cobró fuerza todo un movimiento de rechazo y protesta por la celebración del V Centenario, en aras del reconocimiento del genocidio, entre otras cosas.

Históricamente, la educación ha sido utilizada como instrumento político para la consolidación de discursos totalitarios. En el caso de la República Dominicana de la segunda mitad del siglo XX, es sabido que la educación estaba destinada al culto y exaltación de la dictadura de Trujillo. ¿Cómo respondió Silvano Lora a esta situación?

Es importante entender que nosotros tuvimos una transición democrática precaria; es decir, el intento democrático de la presidencia de Juan Bosch dura solo nueve meses. Luego hay un golpe de estado y después la invasión norteamericana garantiza que acceda al poder Joaquín Balaguer, el último presidente títere de Trujillo, cuyo gobierno racista dura hasta 1996. Entonces, en esa pobre transición democrática, en efecto, la educación fue clave. Mientras Balaguer gobernó, por ejemplo, el tema Trujillo no se trataba en las escuelas. El tema de la afrodescendencia fue invisibilizado y negado en la educación, hasta muy recientemente. Entonces hay una herencia dramática de ese autoritarismo.

En cierta medida, el activismo de mi padre apunta a tratar de llenar algunos de esos vacíos, como la marginación del acceso a la cultura, digamos, “de élite”, que mi padre no rechazaba per sé; de hecho, él entendía que la gente tenía que tener acceso a la música clásica, por ejemplo, pero también a los ritmos afros, el merengue, o una serie de expresiones culturales que tienen ese origen.

Usualmente se asocia el trabajo de collage-mural de Lora con el Arte Povera, una tendencia que reivindica la activación de los materiales precarios, existentes, encontrados (pues “el artista povera debe trabajar sobre las cosas del mundo”). ¿Sobre qué cosas -materiales, temas- trabajaba Silvano Lora? ¿Es posible encontrar otras búsquedas en el arte de Silvano Lora, más allá de la política?

Es muy difícil separarlo de la política. Silvano trabajaba muy sistemáticamente: pasaba períodos en que no hacía nada, sólo maquinando el siguiente concepto, y de pronto eso explotaba y él se encerraba a trabajar por un largo tiempo, hacía una gran producción de obras, y luego venía una exposición. Siempre giraban alrededor de una temática. Por ejemplo, tiene una serie que llamó Hambre y uno de sus cuadros es un enorme bistec; otra era La pobreza frente a la riqueza, y hacía cuadros que mostraban, por ejemplo, a una pareja paseando por un paisaje idílico, en la playa, y por otro lado estaba un plato vacío y un niño famélico; era muy gráfico en la denuncia de esas realidades.

Mi papá aprovechaba todos los recursos que pudiera aprovechar. Tal vez sí había algo de Arte Povera, pues en cierto punto el bastidor ya no era suficiente y empieza a hacer collage con papel, luego a pegar cosas, y después necesita objetos y materiales que él iba a recoger a los basureros. Allí también hay mucho de su interés ecológico, en su necesidad de reusar y resignificar lo que encontraba.

¿Dónde reposan ahora todas estas reflexiones, proyectos, trabajos hechos por Silvano Lora?

Él antes de morir creó una fundación: el Taller Público. Con el dinero que tenía compró una casa, metió todas sus obras y nos comprometió a algunas personas a seguir sus proyectos, cosas que él tenía en la cabeza. Fue un gesto para preservarse en la posteridad. En el Taller tenemos una gran colección de sus obras, pero sobre todo tratamos de continuar el hacer de Silvano. Funcionamos en su filosofía, siguiendo su espíritu, pero entendiendo que la riqueza está en lo que podemos hacer a partir de su memoria.

Para finalizar, ¿qué lecciones conserva Quisqueya Lora de Silvano?

Yo quedé absolutamente marcada por su noción del compromiso, de no evadirse de las realidades que nos rodean. Como hija, admiro muchas cosas críticamente; quizás no comparto absolutamente las opciones de mi padre, pero en esencia, pienso que su legado es el compromiso y la coherencia. Él fue absolutamente coherente con lo que predicaba y lo que practicaba, ahora en la distancia puedo verlo y comprender cada vez más el valor que tiene su experiencia vital.